Por: Liliana Lugano – Co-founder Ruka Talento
Hay descubrimientos que no llegan porque aprendemos algo nuevo. Llegan porque, de repente, miramos una vieja historia desde otro lugar. Eso me pasó hace poco, en una conversación que todavía sigo agradeciendo.

Liliana Lugano
Mientras hablábamos de creatividad, apareció un recuerdo de mi infancia. Me vi de chica disfrutando algo que hacía una y otra vez: cuestionar ideas. Me encantaba debatir, hacer preguntas, probar otros caminos. No lo hacía para tener razón. Lo hacía porque me divertía descubrir qué pasaba cuando una idea se miraba desde otro lugar.
Pero esa no fue la interpretación que recibió esa niña. Escuchó muchas veces que era “contestadora” “rebelde sin causa”. Que cuestionaba demasiado. Que discutía por discutir.
Y, sin darme cuenta, durante muchos años esa palabra se convirtió en parte de la historia que me contaba sobre mí. Hasta que, en esa conversación, alguien me hizo una pregunta diferente.

¿Y si nunca hubieses sido contestadora? ¿Y si simplemente eras una niña que jugaba con las ideas?
Recuerdo el silencio que vino después. Porque los hechos no cambiaban. Seguía siendo la misma niña. Las mismas preguntas. Las mismas conversaciones. Los mismos debates. Lo único que cambiaba era el nombre. Y cuando cambió el nombre, cambió también la historia.
En ese momento entendí algo que me emocionó profundamente: nunca había dejado de hacer aquello que tanto disfrutaba. Lo hago todos los días.
Lo hago cuando acompaño a un líder a mirar un problema desde otro lugar. Lo hago cuando, en una organización, intentamos descubrir que el conflicto visible rara vez coincide con su verdadera causa. Lo hago cuando, incluso conversando con colegas, sigo preguntando: “¿Y si hubiera otra forma de entender esto?”.
Durante años pensé que mi creatividad estaba bloqueada. Hoy sé que simplemente había estado buscándola en el lugar equivocado. Mi creatividad nunca pasó por pintar, cantar o escribir poemas. Siempre estuvo en las ideas. En hacer preguntas. En desafiar explicaciones demasiado rápidas. En abrir posibilidades donde otros solo veían respuestas cerradas.
Y entonces apareció el verdadero alivio. No porque hubiera desarrollado una habilidad nueva. Sino porque dejé de creer que había algo defectuoso en mí que necesitaba corregir.
Los hechos de mi infancia no cambiaron. Cambió la historia que me contaba sobre ellos.
Y ese cambio hizo mucho más que explicarme el pasado. También iluminó mi presente.
Y desde entonces no puedo evitar preguntarme por cuántas personas habrán pasado años definiéndose como “demasiado sensibles”, “mandonas”, “tímidas”, “intensas” o “ambiciosas”, cuando tal vez solo habían aprendido una historia incompleta sobre sí mismas.
Tal vez el desafío no sea convertirnos en alguien diferente. Tal vez sea revisar la historia con la que aprendimos a nombrarnos.
Porque a veces una sola palabra puede limitarnos durante años. Y, otras veces, una nueva manera de mirar esa misma historia puede devolvernos una parte de nosotros que, en realidad, nunca se había ido.








































