Por: Maria Jose Martinez Waldner – Asesora Financiera Matricula 1933, Comisión Nacional de Valores.
Ordenar un patrimonio y definir cómo será transmitido es solo una parte del proceso de legado. La otra, frecuentemente menos atendida, es la preparación de quienes lo recibirán. Es habitual encontrar familias que han construido patrimonios sólidos a lo largo de años de esfuerzo, pero que no dedicaron el mismo cuidado a formar a sus hijos en el manejo responsable del dinero.

M.José Martinez Waldner
La consecuencia de esta omisión es conocida en el ámbito de la planificación patrimonial: una proporción significativa de las fortunas familiares se deteriora, o directamente desaparece, durante la segunda o tercera generación. No suele deberse a mala fortuna ni a decisiones de inversión desacertadas, sino a la falta de criterio financiero de quienes heredan un patrimonio sin haber participado nunca en su construcción.
Pero preparar a los hijos no debería limitarse a formarlos para administrar bien el dinero de sus padres el día de mañana. La educación financiera más valiosa es la que les enseña, desde jóvenes, a generar y ahorrar su propio capital: la mesada, los regalos, las primeras changas o el primer sueldo son, en general, las primeras oportunidades reales que tiene una persona para empezar a construir el hábito de ahorrar antes de gastar, y ese hábito, incorporado temprano, suele acompañar a la persona el resto de su vida.
Existe una ventana de tiempo particular en la que ese hábito rinde más frutos, y es también la que más se descuida. Entre los 13 y los 18 años, un joven tiene por delante el mayor horizonte de tiempo posible para que el interés compuesto trabaje a su favor, pero rara vez cuenta, a esa edad, con el conocimiento o la iniciativa propia para poner ese tiempo a trabajar. Esa responsabilidad recae, casi por completo, en los padres: destinar un porcentaje fijo de la mensualidad, de los regalos o de los primeros ingresos a una cuenta de ahorro o inversión, y sostener ese hábito durante los años de secundaria y los primeros de la vida universitaria. Cuando esta conversación se posterga hasta que el hijo es financieramente independiente, generalmente entre los 28 y los 35 años, esos primeros años, los de mayor potencia de crecimiento, ya quedaron atrás y no se recuperan.

La diferencia que genera ese adelanto se puede dimensionar con un ejemplo simple. Tomando el rendimiento real promedio de largo plazo de los principales índices bursátiles internacionales, cercano al 7% anual descontada la inflación, un joven que empieza a invertir 150 dólares por mes desde los 15 años acumularía, en poder adquisitivo actual, alrededor de 755.000 dólares al llegar a los 65. Si esa misma persona comienza recién a los 30, con idéntico aporte mensual, el resultado a esa edad ronda los 257.000 dólares. Quince años de diferencia en el inicio, apenas 27.000 dólares adicionales aportados, casi triplican el resultado final. Se trata, vale aclararlo, de un ejercicio ilustrativo construido sobre promedios históricos y no de una proyección garantizada, pero es útil para entender por qué la edad de inicio pesa tanto más que el monto.
A partir de ahí, la educación financiera puede profundizarse de manera progresiva. En la adolescencia alcanza con conceptos simples: la diferencia entre ahorrar y gastar, la noción de que el dinero invertido puede crecer con el tiempo. Ya en la juventud, esa base permite incorporarlos a conversaciones familiares sobre finanzas, y con el tiempo, involucrarlos de manera concreta en la comprensión de las inversiones de la familia, antes de que cualquier responsabilidad mayor recaiga sobre ellos.
He acompañado a familias que optaron por incluir a sus hijos, ya jóvenes adultos, en al menos una reunión anual de revisión de la cartera familiar. No se trata de otorgarles poder de decisión de manera prematura, sino de familiarizarlos con el lenguaje y la lógica detrás de las decisiones patrimoniales. Quienes adoptan esta práctica suelen notar, con el tiempo, una diferencia notable en la madurez con la que sus hijos hablan del dinero.
Este tipo de preparación resulta especialmente valiosa en familias con vínculos internacionales, donde los hijos suelen estudiar, trabajar o residir en distintos países. Comprender desde jóvenes cómo funciona un patrimonio diversificado en distintas monedas y estructuras les brinda una ventaja considerable a la hora de asumir, eventualmente, la responsabilidad de administrarlo.
La comunicación sobre finanzas familiares también cumple una función preventiva frente a conflictos futuros. Cuando los hijos comprenden, aunque sea de manera general, los criterios detrás de las decisiones patrimoniales de sus padres, es mucho menos probable que interpreten esas decisiones como arbitrarias al momento de la sucesión. La transparencia progresiva, sostenida en el tiempo, suele ser más eficaz que cualquier documento legal para preservar la armonía familiar.
Preparar a la próxima generación es, en definitiva, una extensión natural del trabajo de toda una vida, que empieza mucho antes de lo que se suele pensar: no el día en que se discute la herencia, sino el día en que un hijo recibe su primera mensualidad. El mejor indicador de que una familia logró esta preparación no es la cantidad de conocimientos técnicos que sus hijos acumularon, sino la naturalidad con la que, llegado el momento, saben ahorrar, invertir y, eventualmente, administrar lo que reciben.
Fuentes:
- S&P Dow Jones Indices — datos históricos del S&P 500 (spglobal.com)
- Officialdata.org — “S&P 500 Returns since 1957” (officialdata.org/us/stocks/s-p-500/1957)
- Aswath Damodaran, NYU Stern School of Business — “Historical Returns on Stocks, Bonds and Bills: 1928–2024” (pages.stern.nyu.edu/~adamodar)
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