Por: Pabla Quiroga – Médica Psiquiatra – Creadora de Psiquiatría Estratégica
En mi consultorio escucho una frase con una frecuencia que ya no me sorprende: “Doctora, yo no puedo parar, si paro las cosas no funcionan”, “aunque pare no me saco las cosas de la cabeza”. La dicen empresarios,

Pabla Quiroga
profesionales de la salud, docentes, madres que trabajan, jóvenes con mucha exigencia. El relato es casi una anécdota, casi nunca se escuchan esas frases como pedidos de ayuda o como pregunta si eso es saludable.
Y sin embargo, detrás de esa frase suele haber un cuadro bastante parecido en todos: cansancio que no se va con el fin de semana ni con dormir 8 horas seguidas, irritabilidad, inestabilidad anímica, dificultad para concentrarse y una sensación difícil de explicar, la de estar funcionando sin estar realmente presente. A eso lo llamo vivir en automático, y es el punto de partida de muchas de las consultas que recibo.
¿Por qué parar nos da culpa?
Vivimos en una cultura que mide el valor de las personas por lo que producen, por lo que hacen y cuantas horas. Estar ocupado se volvió una forma de demostrar compromiso, capacidad y hasta importancia. En ese contexto, descansar se interpreta como una pérdida de tiempo o, peor, como una falta de responsabilidad y de capacidad. No sorprende que muchas personas sientan culpa apenas frenan.
Esa culpa tiene una historia, desde chiquitos aprendimos que a cuanto mayor esfuerzo, mayor valor y menor descanso, más sacrificio y aún más valor, descansar es de vagos. Con los años, esos mensajes dejan de sentirse como creencias y pasan a sentirse como verdades que nos atraviesan tanto como profesionales y seres humanos, reconocernos como tal nos recuerda condiciones básicas para vivir (dormir, descansar es UNA). Registrar cuando estamos dejando de lado nuestros cuidados mínimos es el primer paso para reincorporarlos.
Hay además, algo que se repite en la experiencia cotidiana: mientras estamos en actividad permanente, las preocupaciones, los pensamientos incómodos y las emociones postergadas quedan en segundo plano. Cuando por fin frenamos, aparecen. Entonces parar no se siente como descanso sino como incomodidad, y volvemos a llenar la agenda para ni siquiera acercarnos a “pispear” que nos incomoda. Al final, no frenar funciona como anestesia al sentir.
El descanso no es lo opuesto al rendimiento.
Desde la psiquiatría y las neurociencias sabemos que el sistema nervioso no está diseñado para funcionar en estado de alerta de manera sostenida. Necesita alternar momentos de activación con momentos de recuperación. Cuando esa alternancia se pierde, el costo se nota en la atención, en la memoria, en la capacidad de tomar decisiones y, sobre todo, en la regulación emocional: reaccionamos más impulsivamente, toleramos menos y nos cuesta mucho más volver a la calma.
Por eso, en quienes tienen responsabilidad sobre otros, como líderes, fundadores y quienes dirigen equipos, descansar no es un lujo ni un premio. Es una condición innegociable para mantener su rendimiento. Un cerebro que no baja la guardia se desgasta. Y las consecuencias no quedan en la persona; se trasladan al equipo, a la familia y a la calidad de las decisiones que se toman.
Un error frecuente es pensar que descansar es lo que se hace cuando ya no queda nada más por hacer. Con esa lógica el descanso nunca llega, porque la lista de pendientes nunca se termina, siempre hay algo más. Descansar a tiempo, antes de llegar al agotamiento, es más eficaz que evaluar cómo frenamos después que el cuerpo o la mente nos puso el límite.

¡Descansar no es lo mismo que distraerse!
Una aclaración importante: pasar una hora mirando el celular no es descansar. Muchas veces es una forma de seguir estimulados, con otro tipo de información, sin darle al sistema nervioso lo que realmente necesita. PAUSA.
El descanso verdadero es el que baja el nivel de activación: dormir bien, caminar sin auriculares, compartir un rato con otra persona sin pantallas de por medio, respirar con calma, hacer algo con las manos, quedarse un momento en silencio, aburrirse (sí, aburrirse).
Algunas ideas para empezar.
Con mis pacientes trabajo con pasos pequeños y sostenibles, porque los cambios drásticos duran poco no nos olvidemos que estamos reentrenando nuestras neuronas de casi una vida de “ocupación constante”.
Estas son algunas ideas que se pueden empezar a practicar desde esta semana:
- Programar pausas breves. Cinco minutos sin pantallas al día, ponemos una alarma y lo cronometramos.
- Registrar las señales del cuerpo. Mandíbula apretada, hombros tensos, respiración corta, sueño liviano. El cuerpo suele avisar antes de que la mente lo registre.
- Cambiar la pregunta. En lugar de “¿me lo merezco?”, preguntarnos “¿qué necesito para estar bien y rendir mejor?”. La primera pregunta nos juzga; la segunda nos orienta.
- Tolerar la culpa sin obedecerla. La culpa es una emoción, no una orden. Puede estar presente mientras descansamos, y con la práctica va bajando su volumen.
- Ponerle horario a la disponibilidad. Definir una hora a partir de la cual no se responden mensajes laborales, salvo urgencias reales, protege el tiempo de recuperación y disminuimos pantallas.
- Cuidar el sueño como parte del trabajo. Horarios regulares, menos pantallas antes de dormir y un cierre de la jornada que le avise al cerebro que el día terminó.
Descansar sin culpa implica entender que la capacidad de sostener un esfuerzo en el tiempo depende de la capacidad de recuperarse. Aprender a parar también es una habilidad, y como toda habilidad, se entrena.
Empezar por poco alcanza. Diez minutos de descanso real, sostenidos durante una semana, suelen ser más útiles que un fin de semana largo de culpa y celular.
Si el cansancio, la irritabilidad o los problemas para dormir se vuelven persistentes, no conviene esperar a que pasen solos. Consultar con un profesional de la salud mental es una forma de autocuidado.








































