«

Jun 05 2026

Imprimir esta Entrada

No todo lo que nos trajo hasta aquí nos permitirá seguir creciendo

Por: Liliana Lugano – Co-founder Ruka Talento

Estoy acompañando una líder que está atravesando un desafío muy interesante. Llegó a su posición gracias a algo que hace extraordinariamente bien: vender. No solo obtiene resultados

Liliana Lugano

Liliana Lugano

sobresalientes. Tiene un talento especial para conectar con las personas, detectar oportunidades y generar negocios. Lo hace con tanta naturalidad que muchas veces ni siquiera es consciente de todo lo que pone en juego. Durante años, su medida de éxito fue muy clara: vender más, alcanzar objetivos, ser la mejor. Y lo logró.

Hoy está transitando un nuevo punto de crecimiento. La empresa le está proponiendo asumir una posición más amplia, acompañando distintas sucursales y desarrollando a otros vendedores. La propuesta parece una promoción. Pero para ella implica algo mucho más profundo. Significa dejar de hacer aquello que la convirtió en quien es. En una conversación llegó a decir una frase que me quedó resonando: “Me muero si un mes no fuera la mejor”

InterpelarY empecé a darme cuenta de que el desafío no parece estar en aprender algo nuevo. Parece estar en animarse a soltar una identidad que construyó durante años. Porque, ¿quién es ella si deja de ser la mejor vendedora? ¿Cómo mide su valor si ya no está en la primera línea obteniendo resultados por sí misma?

No sé todavía cómo terminará ese proceso. Lo que sí sé es que no es la primera vez que veo a alguien enfrentarse a una pregunta difícil: ¿quién soy cuando dejo de hacer aquello que durante años definió mi valor?

Con frecuencia pensamos que crecer consiste en incorporar conocimientos, herramientas o habilidades. Sin embargo, muchas veces el crecimiento nos enfrenta a un desafío diferente: dejar atrás aquello que nos permitió llegar hasta donde estamos.

Esa conversación me recordó varias experiencias propias.

La primera ocurrió muchos años atrás, cuando trabajaba como contadora dentro de una organización. Había ingresado para ocupar una posición vinculada a cuestiones administrativas y de control. Me sentía cómoda allí. Era el territorio que conocía y donde podía demostrar mi experiencia. Recuerdo una conversación con quien entonces era mi jefe. Fui a plantearle mi preocupación porque algunas tareas de auditoría estaban quedando demoradas mientras comenzaba a involucrarme cada vez más en temas de relaciones laborales.

ProcesosSu respuesta fue simple: “¿Cuál de los dos temas creés que es más importante para nosotros?” Esa pregunta cambió mi mirada. Me mostró que aquello que yo consideraba “mi verdadero trabajo” ya no era necesariamente donde podía generar mayor valor. Para crecer tuve que delegar tareas que dominaba, soltar espacios donde me sentía segura y empezar a construir capacidades nuevas en un terreno que hasta entonces no era el mío.

Muchos años después volví a encontrarme frente a una decisión similar cuando elegí dejar la relación de dependencia para emprender. Lo difícil no era abandonar un empleo. Lo difícil era abandonar una identidad.

Había construido una trayectoria, un reconocimiento y una forma de verme a mí misma. Emprender significaba ingresar a un territorio donde nada de eso estaba garantizado. Sin embargo, necesitaba saber si la vida profesional que imaginaba era realmente posible para mí. Recuerdo haber pensado que prefería asumir el riesgo de intentarlo antes que convivir durante años con la pregunta de qué hubiera pasado. Eso sí, el paso lo di fuertemente influenciada por la tranquilidad que me dio pensar que si me iba mal aun tenía la posibilidad de volver a buscar empleo, y si demoraba más, mi edad podría impedírmelo. Una especie de “ahora o nunca”

Con el tiempo empecé a notar que este fenómeno aparece una y otra vez en los procesos que acompaño. No solo en líderes. También en profesionales, emprendedores y personas que atraviesan cambios importantes.

Porque nuestra identidad muchas veces está construida sobre aquello por lo que somos reconocidos. La mejor vendedora, la experta, la que resuelve todo, la que siempre tiene respuestas, la persona confiable, la referente.

Y cuando llega el momento de crecer, muchas veces lo que debemos revisar no son nuestras capacidades, sino el lugar desde el cual hemos aprendido a definirnos. Lo paradójico es que aquello que nos dio seguridad, reconocimiento o buenos resultados suele convertirse también en aquello que más nos cuesta soltar. Y tiene sentido. Funcionó. Nos permitió llegar hasta aquí. Pero justamente por eso puede transformarse en el límite que nos impide avanzar.

Hay aprendizajes que se incorporan. Y hay otros que comienzan cuando nos animamos a dejar espacio para algo nuevo. Soltar un rol. Soltar una forma de medir nuestro valor. Soltar una identidad que ya cumplió su función.

A veces no sabemos si el próximo paso va a salir bien. Lo único que sabemos es que permanecer exactamente dónde estamos ya no alcanza.

Y entonces aparece una decisión incómoda: seguir aferrados a la versión de nosotros mismos que conocemos o animarnos a descubrir quién podemos llegar a ser.

No hay garantías. Pero hay algo que, al menos para mí, pesa más que el miedo: la posibilidad de quedarme para siempre preguntándome qué hubiera pasado si me animaba.

Quizás crecer tenga menos que ver con acumular certezas y más con darnos permiso para explorar nuevos caminos.

Porque no todo lo que nos trajo hasta aquí nos permitirá seguir creciendo.

 

Enlace permanente a este artículo: https://www.diplomaticsnews.com/no-todo-lo-que-nos-trajo-hasta-aqui-nos-permitira-seguir-creciendo/