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Feb 13 2026

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Lo que evitamos conversar termina decidiendo por nosotros

Por: Liliana Lugano Co-fundadora de Ruka Talento. Coach y facilitadora en desarrollo de habilidades humanas y liderazgo.

En muchos espacios de trabajo —y también en la vida— el conflicto suele

Liliana Lugano

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vivirse como algo que conviene evitar. Se lo posterga, se lo suaviza, se lo rodea. No porque no se lo perciba, sino porque incomoda. Porque no sabemos qué va a pasar si lo nombramos. Porque tememos perder algo que creemos frágil.

Con el tiempo fui comprendiendo algo distinto: cuando evitamos una conversación, no evitamos una decisión. Simplemente dejamos que decida otra cosa. El silencio. La suposición. El malestar acumulado. Y esas decisiones, tomadas sin conciencia, suelen ser más costosas que la conversación que se evitó.

Hace unos días acompañé a una líder que había vuelto a su trabajo luego de una licencia por maternidad. El espacio que antes sentía seguro ya no lo era. Había cambiado su energía, su disponibilidad, su forma de estar. La persona que la había reemplazado quería crecer, ocupar más lugar, y ella se sentía confundida, desbordada, sin palabras.

En ese silencio interno empezó a tomar forma una idea que la angustiaba: dejar de ser líder.

ReflexionarNo porque no pudiera, sino porque no estaba pudiendo conversar desde ese estado emocional.

Cuando logró apoyarse en colegas de confianza y poner en palabras lo que le estaba pasando, algo se ordenó. No se resolvió todo. Pero apareció claridad. Luego pudo abrir conversaciones con otras personas involucradas, revisar roles, redistribuir responsabilidades y volver a posicionarse. Decidió seguir siendo líder. No porque el conflicto desapareció, sino porque dejó de decidir desde el silencio.

El conflicto no surge porque hablamos demasiado, sino porque hablamos tarde. Porque lo que necesitaba ser conversado cuando era pequeño se transforma en algo más rígido, más cargado, más difícil de abordar. No todo conflicto se resuelve, pero todo conflicto ignorado se agranda.

Muchas veces se confunde evitar el conflicto con cuidar el vínculo. En la práctica, suele ocurrir lo contrario. Los vínculos se deterioran no por lo que se conversa, sino por lo que se acumula sin decir. El costo aparece después, cuando ya hay cansancio, desconfianza o resignación.

Conversar no garantiza acuerdos inmediatos. Tampoco asegura finales simples. Pero sí habilita algo fundamental: claridad. Y la claridad, aun cuando incomoda, es más honesta y menos dañina que la ambigüedad sostenida en el tiempo.

Con los años fui viendo que los espacios más sanos no son los que no tienen conflicto, sino los que se animan a escucharlo. Los que entienden que el conflicto no siempre viene a romper, sino a mostrar algo que necesita ser revisado.

Porque, al final, lo que evitamos conversar no desaparece.

Solo encuentra otra forma de decidir por nosotros.

El silencio también organiza.

Y casi nunca a nuestro favor.

 

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